Sueño que vuelo


Surco mis espacios con la velocidad que indican mis sentidos, a pesar de la importancia del ámbito donde sobrevivo, dejo de lado obligaciones y me lanzo a la aventura; esa que no pruebo desde hace décadas y que fue la fiel compañera, dadora de experiencias y emociones grandes, dejando huellas en el cuerpo, cicatrices que son la muestra real de haber vivido intensamente.
Esta vida me ha tocado vivir, sin pedirla, sin buscarla, llena de sueños y esperanzas, de mentiras y verdades, de ilusiones y realidades duras y placenteras, paso a paso la he soportado y gozado.
No he tolerado grilletes ni rejas. Las jaulas quedaron eliminadas de mi forma de vivir, por eso siento que los pájaros y las nubes son mis aliados incondicionales.
El aire de las celdas es viciado, se enrarece con la rutina, se contamina y enmohece con las tradiciones, con las quejas y los dolores que genera el encierro; por eso salgo al viento y me monto en sus silbidos, que me lleve donde vaya, que me azote en las palmeras y me deje mojar en las olas del mar.
Esa fuerza que generan los árboles y las selvas, los ríos y las montañas nunca es igual en otro instante, cambia, es otra cada vez que respiro.
Vuelo. Mis alas están hechas de ganas, de voluntad férrea, se alimentan de sol y de estrellas, de rayos y tormentas y surcan velozmente todo lo que el universo cuenta, esa es la libertad, porque no se puede vivir esclavizado a otras voluntades, porque no se debe vivir la vida de otros, porque el mundo es mío, sólo tengo que estirar la mano y tomarlo y llevarlo donde mi corazón indique, esa es la libertad.
Dejo que mi cuerpo se llene de mundo, que el aroma de la selva penetre hasta las entrañas y estremezca las tripas y libere los poros de eso que transpiran los seres negativos y se queda en la piel como contagio maligno.
Dejo que alma se llene de cantos, de paisajes, de luces matutinas y vespertinas, que el sonido de los ríos me arrulle y el estruendo de las cascadas me despierte.
Dejo que mi vida entera se desparrame por todo lo escarpado de las cordilleras y se meta en las profundidades del planeta, que la oscuridad de la noche me enseñe los misterios y la luz de las mañanas muestre el esplendor de este mundo que me tocó vivir.
Sueño que vuelo. Aunque mi realidad indique que deba poner los pies en la tierra, y la sociedad me llene de responsabilidades, deberes y tareas diarias para ser “alguien” y tener “nombre” y “prestigio” y así poder ser “importante”, dándole valor a papeles, mientras las hojas del otoño se dejan llevar por la brisa para gozar de sus últimos momentos.
Sueño que vuelo, vuelo, voy por el aire, ese elemento invisible pero real, como la verdad que nadie ve pero que existe y duele.
Es mi escape.
Me elevo por encima de todo y observo todo desde otra perspectiva, una certidumbre de estar más allá de todo otorga una sensación de alegría, de embriaguez que me aleja, me pierde, me lleva por caminos que ningún mortal podrá seguir si no pone imaginación en su alma, por eso me llena de orgullo saber que puedo volar, remontar el viento para ver oler, probar y sentir más allá de lo humano y lo social, para dejar de ser un número, un empleado, un obrero, un agachado, sometido, esclavizado; para ser libre.Vuelo y las miradas ancladas a la realidad me llaman loco, irresponsable, desobligado; pero mi sangre corre a la velocidad de mis instintos y a pesar de ser uno más en este lugar de estadísticas, soy único, irrepetible y... ¡libre!

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