Las máscaras y el espejo


Todas las mañanas, antes de salir de casa, revisas que en tu bolso esté completa la dotación de máscaras que utilizarás durante el día.Frente al espejo, tu sonrisa en la verdadera, confías en aquel cristal que callado, te regresa la imagen que le muestras cuanto te arreglas.Sales a la calle y el ruido de tus tacones marcan el ritmo de tu pensamiento. Te sientes con mucha seguridad, sabes que tu personalidad atrae las miradas de los demás, pero también sabes de las envidias que has despertado y que, en cualquier momento pueden atacarte.Por eso, las máscaras.Antes de salir, te acomodas el antifaz que cubrirá el tramo de tu casa hasta la oficina. Siempre es el mismo, un gesto impávido que con el movimiento de tu andar parecerá reflejar alguna sonrisa cuando alguien te salude.Llegas al trabajo y cambias la máscara, esa que demuestra a los demás tu liderazgo, nadie te otorgó el puesto de jefe pero puedes jugar el rol si aquellos lo permiten, te subes a las barbas, ordenas con ceño fruncido y voz estentórea y crees que la máscara enojada hace muy bien su papel.Cuando llegan tus superiores, de inmediato te acomodas otra máscara, la de la imagen servicial, sonrisa amable, tiesa, almidonada a la cara, como si ese gesto convenciera de eficiencia y capacidad, como si nadie notara que es solamente un ardid para quedar bien.Se van las autoridades y vuelves al antifaz enérgico, el que te da presencia ante tus compañeros, el que no permite que nadie te contradiga, el que provoca miedo, el que te obstruye los oídos para que no escuches los insultos y ofensas que en tu nombre pronuncian los demás.Al final de la jornada, todo se ha cumplido como lo marca el rito, con máscaras de diferentes gestos que te permitieron salir avante.Lo demás no importan, todos juegan el mismo juego, todos llevan sus propias máscaras, eso te da tranquilidad, pues permite una calma en la conciencia.Regresas a casa. Es el mismo recorrido en sentido contrario, la rutina asfixiante, el círculo del que no puedes escapar sin salir con lastimaduras. El ruido de tus tacones marca el ritmo de tus pensamientos que te llevan a tomar decisiones difíciles de ejecutar y así sigues cada día, cada semana, cada mes, desde hace varios años, anteponiendo sonrisas a un rostro que se niega a llorar y reír de verdad, con la sinceridad que no te permites.¿Quién conoce tu rostro real?, ¿a quién has dado oportunidad de abrir tu corazón? ¿a quién le permites conocerte?Llegas a la casa y verificas que todas las máscaras estén intactas, sin ninguna ralladura, sin nada que pueda mostrar a los demás que son de mentira.Un día más ha concluido exactamente igual que el anterior, sólo que el cansancio es cada vez más acentuado, sientes que los pies hinchan más que otros días. Es el tiempo que va cobrando sus facturas.Allí, en la soledad de la habitación, sonríes a tu realidad que no cambia a pesar de tus inmensos deseos y no cambiará si no haces nada por que cambie, permaneces en calma en la comodidad que da el salario seguro, la comida lista, pero la habitación es fría, falta el calor que completa, esa calidez que ves en otros y que nada haces por conseguirlo. No llegará por si mismo, requiere de un esfuerzo extra, de ceder, de quitarse las máscaras, de mostrar lágrimas y sonrisas de verdad, de dar calor, de dar, sólo de dar.Eso es lo que te impide. Jamás aprendiste a dar.Una taza de café caliente no es suficiente cuando se toma en soledad.Una máscara se escurre de tu bolso. Cae frente a ti y te ofrece esa sonrisa ficticia que das a los demás, justo los que crees que valen menos que tú.Ese brillo que sientes mana de tu ser es lo que impide que veas buen tu camino. Eso sólo lo sabes tú y la soledad que te acompaña en la habitación, donde repasas el libreto del día.Finalmente te plantas frente al espejo, el único que no te ataca, ni te critica, ni arremete contra ti, simplemente te refleja.

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