Tuesday, October 31, 2006

¡Viva la vida!

Por fin pude salir de ese cajón apestoso, ahí fueron a dejarme mis amigos y parientes.
Hace ya un año de ese suceso, hoy puedo pasearme por otros lugares.
Aquí no hace frío como habían dicho, es un sitio muy democrático, llegan de todos colores y sabores, ricos y pobres, altos y chaparros, hombres y mujeres y todos.
Sin ninguna diferencia pasan a esa especie de sala de espera, de uno a uno son sometidos a una rápida revisión para poder decidir a que lugar lo enviarán.
No es el infierno ni el paraíso, es como un inter., como la sala de llegadas de una terminal de autobuses; aquí cada quien jala hacia el lugar que le corresponde.
Me veo y me reviso y me doy cuenta que ya no tengo el corazón, ese que latía con fuerza cuando algo me emocionaba, pero recuerdo que se me despedazó luego de una decepción. Tampoco tengo el hígado, él se quedó verde luego de aquel coraje que me mandó al hospital.
Pregunté por mis ojos, las dos piezas que me permitieron adorar los colores, la luz y el rostro hermoso de las mujeres; con ellos disfruté de los paisajes más bellos y lindos amaneceres.
Mis mejillas ya no están en ese sitio especial, desde ahí le sonreía a lo bello de la vida, hasta ahora me doy cuenta de la importancia que tienen los cachetes, son los portadores de las sonrisas y de los gestos de tristeza, muestran al mundo el estado de ánimo de cada ser. Mis patas de gallo y las arrugas de mi frente, mi enorme nariz, mis labios, los párpados, las orejas, todo, todo se acabó.
La piel morena que cubría mis tripas y mi esqueleto, se me ha roto en pedacitos, ya casi no queda nada, sólo grandes agujeros por donde salen gusanos.
Soy el despojo de algo que alguna vez fue un humano.
Miro mis manos huesudas o lo que de ellas queda y recuerdo las caricias que nacieron desde aquí para llevar a otros cuerpos, veo los puños que antaño golpeaban con furia a la injusticia, recuerdo los lápices con los que se escribieron mis cartas y mis poemas.
Por fin mis pies dejaron de quejarse, ni callos ni juanetes, sólo el recuerdo de las andanzas nocturnas, de los caminos eternos, de las veredas románticas, de las marchas de protesta, de las carreras mañaneras y las huidas violentas; hoy ni las uñas quedan.
Me quejaba de un dolor que atacaba mi cintura, pudiera decir que he sanado, que ya puedo andar erguido, sin esa imagen cansada que a mis cuates molestaba.
Hoy no me duele nada de lo que queda del cuerpo, mis cabellos, mis lunares, las verrugas y los barros quedaron en el olvido. Esos defectos que atentan contra la vanidad, por fin desaparecieron.
Pero también se marcharon los sueños, las ilusiones, los planes a futuro, la sonrisa de mis hijos, los besos de mi mujer.
Ni trabajo ni dinero, aquí nada de eso vale, lo que soy es lo que tengo, lo que llevo cargando que no son más que pedazos de la humanidad con que el Creador me dotó y deambulo en este sitio que no es infierno ni cielo ni panteón para descansar; es un lugar de nostalgias, de recuerdos de vivo, de arrepentimientos, de lágrimas reprimidas y sonrisas misteriosas.
Tampoco es el purgatorio el lugar donde me encuentro, solamente es el andén para aquellos que se niegan a seguir este camino, pues quisieran regresar a aquel lugar que dejaron con planes inconclusos.
Soy lo que queda de un ser que murió en un mes de julio, resucitó al tercer día para volver a morir, porque ese es el destino de toda la humanidad.
No importa ni la raza, ni riqueza ni poder. Aquí van llegando todos a pudrirse por igual.
No es cielo ni es infierno, es el destino común
Soy ahora un cadáver con muchas preguntas sin respuestas.
Por ejemplo ¿Dónde quedó mi alma? Esa que me llenaba de ganas el corazón, lo que fui entre mi gente, mi espíritu ¿dónde está?
¿Qué fue de lo que hice? ¿Qué beneficio dejé? ¿Vale la pena pudrirse en este sitio lejano? ¿Vale la pena quedarse tieso en un ataúd? ¿Vale ver como un cuerpo va quedándose sin nada?
Cómo quisiera que ahora me brotaran muchas lágrimas y... ¿llorar? Ya para qué.

Friday, October 20, 2006

La soberbia

Enfermedad de nuestro tiempo



Dice Rosa Martha Abascal de Arton que el mundo de hoy, puede conjugar un verbo “de moda”: yo soy soberbio, tú eres soberbio, él es soberbio…
Y es que en la actualidad pareciera que todos andamos en la búsqueda del reconocimiento inmediato, del éxito fácil sin el trabajo previo que este requiere.
Armando Fuentes Aguirre, mejor conocido como Catón, afirma que el único lugar donde éxito va antes que trabajo, es en el diccionario.
La modestia es un don que se ha ido perdiendo ahora que las cosas van más rápido. Muchos quieren ser famosos de inmediato, como las estrellas de televisión, ahí donde solamente ven el resultado final de todo el trabajo que está detrás y, cuando se enfrentan a la realización de toda la labor, se dan cuenta que eso no era lo que querían, sólo desean el halago fácil y sin merecerlo.

Rosa Martha Abascal dice en un artículo publicado en el 2001, que saber lo que uno vale, lo que uno es, es una forma de ser fiel a la verdad y de tener en cuenta la responsabilidad que se tiene de pensar, decir y actuar congruentemente. El no hacerlo, implicaría ser ciego de espíritu o hipócrita, sería un auto engaño.

Pero también asegura que la soberbia no es la “estimación de uno mismo”, sino “la estimación desordenada”. Mientras haya orden, habrá humildad, con el desorden vendrá la soberbia. “Cuando reconozco mis cualidades y virtudes, digo la verdad y me comprometo a actuar en consecuencia, cuando me sobre estimo, recurro a la mentira que de una forma u otra, afecta a los demás”.

El soberbio generalmente es muy hábil y ágil para “conocer” los defectos del patrón, el amigo, la esposa… pero no ve la viga que trae en su propio ojo. ¿Yo? Responsable, honrado, inteligente, decente y trabajador.

Aún suponiendo que existiera ese ser humano maravilla, casi perfecto, ¿a quién se lo debe? ¿qué tienes, decía San Pablo, que no hayas recibido? Un cuadro no se hace solo, un platillo suculento no se preparó a él mismo, un cohete espacial, no se inventó a sí mismo.

Nosotros somos la obra de alguien más, Dios es el artista, nosotros la pintura, el platillo o el cohete que ha de usar sus propias cualidades para servir a Dios, a la Patria, a la familia y a la sociedad. Allí está el pequeño mérito que podamos tener como seres humanos.

Pero eso es muy difícil de entender. Pareciera nos hemos quedado en la adolescencia, negando aquello que nos sostiene y al saber que tenemos algo seguro, lo despreciamos sin darnos cuenta que es lo que nos está dando valor.

Criticamos a los demás ¡El hijo de fulanito es tan feito, pobre… en cambio el mío! ¡Que mal se viste mi amiga, en cambio yo, siempre a la moda y en mi punto! ¡La hija de menganita es tontita tontita, en cambio mi muñeca! ¡Que soso es perenganito, en cambio yo, las fiestas no serían lo mismo sin mí!… soberbia, pura soberbia.

¿No sería ridículo que el cuadro de la Mona Lisa pronunciara un discurso para auto elogiarse? Cualquier persona sensata le diría que se acordara de Leonardo Da Vinci

Siempre que uno se sobre estima, se auto adora, es en detrimento de los demás, al soberbio le interesa demostrarse y demostrarle a los demás “su valor”. Por eso, rebaja y humilla a otros con sus palabras, actitudes y decisiones. La soberbia principia en el silencio del alma y termina en el estruendo público.

El éxito y la soberbia no se llevan, cuando llegan a convivir, el resultado inmediato es el olvido, nadie notará que un soberbio exitoso existe o existió. Hay muchos ejemplos de esto.

Tomás de Aquino dijo: “La soberbia es la estimación desordenada de uno mismo con desprecio del prójimo”.
Diagnóstico muy actual para la enfermedad de moda.

Monday, October 02, 2006

Las máscaras y el espejo


Todas las mañanas, antes de salir de casa, revisas que en tu bolso esté completa la dotación de máscaras que utilizarás durante el día.Frente al espejo, tu sonrisa en la verdadera, confías en aquel cristal que callado, te regresa la imagen que le muestras cuanto te arreglas.Sales a la calle y el ruido de tus tacones marcan el ritmo de tu pensamiento. Te sientes con mucha seguridad, sabes que tu personalidad atrae las miradas de los demás, pero también sabes de las envidias que has despertado y que, en cualquier momento pueden atacarte.Por eso, las máscaras.Antes de salir, te acomodas el antifaz que cubrirá el tramo de tu casa hasta la oficina. Siempre es el mismo, un gesto impávido que con el movimiento de tu andar parecerá reflejar alguna sonrisa cuando alguien te salude.Llegas al trabajo y cambias la máscara, esa que demuestra a los demás tu liderazgo, nadie te otorgó el puesto de jefe pero puedes jugar el rol si aquellos lo permiten, te subes a las barbas, ordenas con ceño fruncido y voz estentórea y crees que la máscara enojada hace muy bien su papel.Cuando llegan tus superiores, de inmediato te acomodas otra máscara, la de la imagen servicial, sonrisa amable, tiesa, almidonada a la cara, como si ese gesto convenciera de eficiencia y capacidad, como si nadie notara que es solamente un ardid para quedar bien.Se van las autoridades y vuelves al antifaz enérgico, el que te da presencia ante tus compañeros, el que no permite que nadie te contradiga, el que provoca miedo, el que te obstruye los oídos para que no escuches los insultos y ofensas que en tu nombre pronuncian los demás.Al final de la jornada, todo se ha cumplido como lo marca el rito, con máscaras de diferentes gestos que te permitieron salir avante.Lo demás no importan, todos juegan el mismo juego, todos llevan sus propias máscaras, eso te da tranquilidad, pues permite una calma en la conciencia.Regresas a casa. Es el mismo recorrido en sentido contrario, la rutina asfixiante, el círculo del que no puedes escapar sin salir con lastimaduras. El ruido de tus tacones marca el ritmo de tus pensamientos que te llevan a tomar decisiones difíciles de ejecutar y así sigues cada día, cada semana, cada mes, desde hace varios años, anteponiendo sonrisas a un rostro que se niega a llorar y reír de verdad, con la sinceridad que no te permites.¿Quién conoce tu rostro real?, ¿a quién has dado oportunidad de abrir tu corazón? ¿a quién le permites conocerte?Llegas a la casa y verificas que todas las máscaras estén intactas, sin ninguna ralladura, sin nada que pueda mostrar a los demás que son de mentira.Un día más ha concluido exactamente igual que el anterior, sólo que el cansancio es cada vez más acentuado, sientes que los pies hinchan más que otros días. Es el tiempo que va cobrando sus facturas.Allí, en la soledad de la habitación, sonríes a tu realidad que no cambia a pesar de tus inmensos deseos y no cambiará si no haces nada por que cambie, permaneces en calma en la comodidad que da el salario seguro, la comida lista, pero la habitación es fría, falta el calor que completa, esa calidez que ves en otros y que nada haces por conseguirlo. No llegará por si mismo, requiere de un esfuerzo extra, de ceder, de quitarse las máscaras, de mostrar lágrimas y sonrisas de verdad, de dar calor, de dar, sólo de dar.Eso es lo que te impide. Jamás aprendiste a dar.Una taza de café caliente no es suficiente cuando se toma en soledad.Una máscara se escurre de tu bolso. Cae frente a ti y te ofrece esa sonrisa ficticia que das a los demás, justo los que crees que valen menos que tú.Ese brillo que sientes mana de tu ser es lo que impide que veas buen tu camino. Eso sólo lo sabes tú y la soledad que te acompaña en la habitación, donde repasas el libreto del día.Finalmente te plantas frente al espejo, el único que no te ataca, ni te critica, ni arremete contra ti, simplemente te refleja.