El tiempo acaba con todo

El tiempo se va comiendo todo, con calma, despacito, va dejando nada en los espacios donde pusimos la vida.
Ese sarcástico fenómeno que no se ve, pero aniquila para dar paso a lo nuevo, nuevo que desde su primer momento comenzará a sufrir la tortura del tiempo, el viejo tiempo, el de siempre, el que no perdona, el que va más allá de la voluntad de Dios.
Y es que cuando la vida comienza, se ve un inmenso camino recto que pareciera no tener fin; lo nuevo no siente su tránsito por el tiempo hasta notar que el ciclo termina y aquellos valores formados, construidos en el transcurso, deberán ser negociados en condiciones desventajosas.
Como una ironía, el tiempo da vueltas y regresa al punto de partida; pero el sitio no está ahí o no es el mismo.
De aquella necesidad de protección, de aquellos cuidados infantiles, dados con ternura e ilusiones, pasamos a ser independientes, a buscar un lugar en el mundo, a perseguir sueños, a sentirnos dueños del universo, a construir la vida propia, a justificar nuestra estancia en este lugar prestado.
Vamos dejando historia en el camino, se alcanza cierto grado de importancia, se toman en cuenta las opiniones y hasta consejos se dan; es decir, uno es necesario.
Hasta que las alas de los demás crecen, hasta que se sienten los dueños del universo, son independientes y salen solos a buscar su lugar en el mundo a construir su propia vida, a comerse el mundo de un solo bocado.
Ese tiempo que en un momento se nos hizo poco, de pronto cada minuto es tan largo, que se siente como el aire se acaba antes que los sesenta segundos.
En ese trance, muchos olvidamos prepararnos para dejar de ser eso y volver la vista a la calma.
Sin embargo, llegado el momento, buscaremos otra vez el regazo que nos dio calor y protección en los primeros instantes, es como una necesidad de los humanos, protección y cuidados en los extremos de la vida.
El tiempo nos envuelve poco a poco, cada día, como una gran serpiente va apretando sus anillos hasta hacer que la respiración se dificulte, que los pasos se hagan lentos, que la mirada sea débil...
Y nadie alrededor nota lo que está pasando, no se escuchan los gritos; los demás se fastidian con las quejas y las lágrimas son un recurso que no ayuda mucho.
Es el momento de estar solo y uno ha vivido sin saber, sin imaginar lo que puede ser la soledad, hasta que ella empieza a aparecer día a día ante nuestros ojos, en el rostro lleno de tiempo acumulado, esperando ver llegar a un hermano para recordar a mamá, pero jamás vendrá de visita.
Como consuelo queda el recuerdo de las grandes hazañas, de los momentos intensos y felices que nos tocó vivir, los amigos, las amigas, las canciones que ahora son antiguas pero que suenan a la juventud perdida.
El tiempo se va comiendo todo poco a poco, pero habemos muchos que tenemos la ilusión de que a nosotros jamás nos tocará, sentimos que la fuerza de nuestro cuerpo es eterna y la belleza física nos acompañará por siempre. Llegamos a creer que podemos comportarnos como niños o como adolescentes o como el mejor momentos de nuestra vida y nos olvidamos de rendir el tributo a la vida misma, de plantarnos con humildad y agradecer este maravilloso momento que nos prestaron para florecer, para ser útil, para ser protagonista.
Muchos despilfarramos el tiempo y luego, demasiado tarde, queremos vivir en el tiempo de los demás, como parásitos desfasados.
A pesar de que nos mandan dotados de todas las herramientas para comprender y disfrutar nuestro paso por este tiempo, nos empeñamos en creer que la vida de otros es la nuestra propia y así pasamos el tiempo hasta que llega el momento de rendirnos cuentas a nosotros mismos, de responder a nuestra propia conciencia y, entonces...

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