Luz de la vida




Es esa luz que me guía, me lleva por este camino como faro puesto por alguien para que mis pasos no tropiecen y mi ruta no se pierda.

Sin ver la vereda sólo sigo esa luminosidad que avanza delante de mi y pareciera que evita deslumbrarme, la persigo como si fuera la última oportunidad de mi vida, como el trofeo por haber cumplido todas las reglas.

No sé exactamente qué es, qué la produce, dónde se genera y por qué a mí, pero la sigo sin pensar en un posible tropiezo, sin imaginarme que pudiera ser un espejismo.

Es la luz de mi vida. Apareció de pronto, sin aviso alguno, simplemente la vi delante de mí y comprendí que mi deber era seguirla, donde quiera que fuera, como quiera que fuera, a ciegas, sin analizar su contenido.

Es como una orden divina que se acata sin saber por qué.

A pesar de que la razón avisa siempre, pone las señales de alerta, seguiré el resplandor que me ha encaminado exactamente hasta el sitio donde hoy me encuentro, con todo lo logrado y lo perdido, con la experiencia de haber vivido hasta este momento feliz por haber seguido un camino que no estaba contemplado, mejor dicho, que alguien escogió para mí con la certeza de que se trataba de lo mejor, con esa seguridad de ser el elegido.

Veo la luz y le encuentro diferentes formas, distintos tamaños que me motivan a seguir adelante, a continuar por esa ruta trazada especialmente para mí. Tiene forma de mujer, de pasión desenfrenada, de bella sonrisa y penetrante mirada. Tiene la forma alabastrina que también pudo ver Agustín Lara, tiene el andar de aquel que huye para ser alcanzado, tiene forma de esperanza, de ilusión, de placer.

Pero también toma formas de angustia, de dolor en el alma, sobre todo cuando siento que las fuerzas se me acaban, cuando veo el camino solitario, cuando parte de mi necesita de alguien más para sentir la realidad, para saber que no es un sueño o una pesadilla eso que estoy viviendo, entonces su resplandor disminuye, su intensidad baja; es cuando asaltan las dudas.

Aún así, a pesar de que un viento de incertidumbre hace que esa flama se mueva con violencia para todos lados y amenace con apagarse, ahí está, sabiendo que detrás suyo, un corazón la sigue sin hacer preguntas.

En algunas ocasiones ha tomado un fiero color amarillo mientras crece en intensidad, eso ha sucedido cuando el coraje hace presa de mi y la injusticia se hace presente.

Pero todo ha pasado y vuelto a la normalidad.

A veces toma forma de sexo y el color de la luz es rojo intenso, brillantemente rojo, que se filtra entre las gotas de sudor y saliva, rojo que aviva las pupilas, que hace que la ropa estorbe y los sentidos se exacerben.

Por eso digo que esa luz es mi vida, en el futuro y en este presente que obliga a seguirla.

Supongo que todos tenemos esa guía luminosa, supongo también que algunos no la ven, otros la ignoran, unos más se deslumbrarían y otros tal vez estén indecisos para seguirla, tal vez tengan un camino bifurcado y su vida se llene de complicaciones.

Pero sin duda, todos tenemos algo que nos avisa sobre la ruta a seguir y es decisión de cada uno acatar el llamado.

Dicen que la vida da muchas vueltas y que a cada quien lo acomoda en su lugar; es decir, si al final de cuentas la vida misma sabe cuál es el sitio de cada uno, más vale ir obedeciendo cada una de las indicaciones que va dando en cada momento del proceso hacia la muerte.

Porque también dicen por ahí que, cuando el espíritu se desprende del cuerpo, debe seguir la luz, si no es así, el riesgo es penar y de penas está llena la vida.

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